28/9/11

EL QUILMERO CURIOSIDADES BERNALENSES DE AYER - LA REPÚBLICA DE VILLA CRAMER

Sabía que …
Chalo Agnelli
Hubo un tiempo en que el insular barrio bernalense de Villa Crámer una vez fue República. [1]
Efectivamente, fue en 1937 que un grupo de vecinos característicos y otros no tanto, resolvieron festejar los carnavales con una farandulesca resolución y declararon su autonomía plena del resto del partido de Quilmes y, ya que estaban del resto del territorio argentino.
Fue una independencia en paz y bastante anónima porque ni a las autoridades municipales ni a las nacionales se les movió un pelo al respecto.
La comunidad tenía antecedentes independentistas pues los abuelos de sus antepasados, genoveses provenientes, en su mayoría, del barrio de La Boca de la Capital Federal, que llegaron a ese rincón bernalense a principios del siglo XX, en 1876, siendo vecinos de ese barrio porteño iniciaron un movimiento separatista de carácter político-electoral para reclamar la autonomía del barrio y constituyó la República Independiente de La Boca. [2] Izaron su propia bandera, que superponía a la superficie albiceleste, un escudo con la cruz blanca de la Casa de Saboya, coronada por un gorro frigio que representaba el republicanismo del novísimo “Estado”. Esto fue abortado por Julio Argentino Roca, ministro de guerra del presidente Nicolás Avellaneda quien se apersonó en el lugar con una reducida e hilarante tropa y arrió la bandera de los separatistas.
En Villa Cramer no llegaron a tanto, aunque dicen algunos vecinos que ganas no les faltaba.
Las autoridades de la República salían de bambalinas durante el carnaval, donde, si bien era republicano el régimen, había un monarca temporal, el rey Momo, que lucía toda su majestad durante la semana que duraba su reinado. Participaban las “Sociedades Unidas de la República de Villa Cramer” que eran el Club Giuseppe Verdi, el Manuel Belgrano, y Juventud de Villa Crámer, Gimnasia de Bernal, etc.
Era presidente de la república en 1940 el señor Nicolás Vattuone, vice Pedro Acosta, secretario de la presidencia Dr. Silvio Festa, edecán de guardia de la presidencia y embajador extraordinario Dr. Juan Vanni; los ministros eran: de hacienda Benjamín Travado, del interior Benigno Rodríguez, de relaciones exteriores Luis Gianelli, de obras públicas Gabriel Corbisier, de guerra Francisco Stedile - cuya familia estaba muy vinculada a la Sdad. Coral Italiana “Giuseppe Verdi” -, de marina Juan J. Loidi, de justicia e instrucción pública Juan Torlaschi, de agricultura Dr. Simón Sibano, el intendente era el Dr. Mariano Manzotti, director de correos y telégrafos Ing. Juan Burattini, jefe de policía Dr. Juan García, introductor de embajadores Vicente Mulero y el Poeta Máximo de la República el Dr. Galio Cesana.
El primer sábado de Carnaval, por la mañana, abría los actos una procesión-comparsa que, en varios carros con pretensiones de carrozas y unos pocos autos descapotados, desfilaba por la calle Crámer, encabezada por todas las autoridades debidamente emperifolladas con relumbrantes condecoraciones y sombreros de copa a quienes el público arrojaba papel picado - en agresivas y contundentes cantidades a veces -. Seguía a los nombrados un séquito de personalidades de Bernal encabezado por don Máximo Salaberry, director propietario del diario “Crónica” de esa localidad, a quien los funcionarios de la república había concedido el título de “Jefe de Informaciones y Comunicaciones, Periodismo, Decretos y Archivo”; acompañado del dramaturgo Carlos V. Drumont, los periodistas David Canovas y Antonio Zamora, el profesor José Oderigo, el historiador Ángel Castellón, don José Thenne, el compositor Agustín Bardi, el farmacéutico Juan Scandroglio, el futbolista Carlos Ísola, el boxeador Ángel Sotillo, Carlos Clark, fundador el periódico “El Heraldo”, etc.
Estas fiestas de carnaval tenían una trascendencia social inimaginable en la actualidad. Era una semana de desbordante alegría. Nadie quedaba afuera, y si bien la Iglesia Católica le hacía una férrea propaganda en contra, considerando esos excesos festivos pecaminosos, muchas señoras ocultaban su “pecado” asistiendo a los bailes y comparsas con primorosos antifaces que ellas mismas confeccionaban a escondidas. Otras lo hacían a cara descubierta y una vez fallecido Momo pedían el debido perdón en el confesionario.
El mismo día del desfile se realizaba en las instalaciones del Club Verdi un baile infantil a las 16 hs. y un gran baile popular que comenzaba a las 18 hs.
A las 21:30 hs. se iniciaba el Corso donde había una competencia de carrozas que los jóvenes habían preparado desde un mes antes. Se elegía la reina del corso que acompañaba en todos los actos al presidente de la República; en 1940 fue electa Nina Parasuolo, obrera de la empresa Papelera. Se otorgaban premios a la mejor comparsa y al disfraz más llamativo, tanto de varón como de mujer.
Una de las más entusiastas participantes de estas fiestas eran las señoritas, Bradley, Robinson, Bo, hermanas, estas últimas, del cineasta Armando Bo, cuya familia los Bo-Weber eran vecinos de Bernal.
Al día siguiente se hacía un Corso de Flores. Desde las carrozas y vehículos, adornadas con hiedras y guirnaldas, las señoritas intercambiaban ramilletes con los caballeros y se arrojaban pétalos en lugar de papel picado. No faltaban graciosos, oportunos para la ocasión, que marchaban con una corona mortuoria colgada del cuello.
El último día de carnaval, miércoles de cenizas, se hacía un banquete encabezado por el presidente de la República y se otorgaban a los invitados especiales los atributos y condecoraciones de “Caballero de Capa y Espada” y de “Defensor de los Festejos Permanente de la República”. Los agasajados con tales honras, principalmente, eran las autoridades del municipio y de la policía local que auspiciaban esos desbordes.
La mesa de más de 10 metros se tendía en el medio de la calle frente a las puertas del club G. Verdi. Salvo los sitios correspondientes a las autoridades e invitados, preparados por las esposas de los funcionarios lideradas por la Primera Dama, cada vecino traía su silla, su vajilla y su comida, por supuesto.
Por la noche se reiteraba el Corso y el arresto, prisión y condenación del rey Momo representado por un imponente muñeco que se quemaba a las 24 hs.
Luego tasa-tasa-cada-cual-iba-a-su-casa y el relumbrón republicano y carnavalesco permanecía debidamente apagado para dedicarse a las obligaciones rutinarias de la vida hasta el año siguiente.

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